5 de octubre de 2009

Estado de felicidad absoluta, en el cual las desgracias no son relevantes. Cuando miramos el lado positivo de las cosas y nada más. Una euforia que recorre el cuerpo y lo revivo poco a poco, lo repone de todas las malezas que puedan haberle pasado por encima, lo purifica. Un encuentro y una paz inmensa con uno mismo, porque eso es lo único importante: uno mismo. El egoncentrismo se instala en nuestra mente aunque sea por un rato y nos dejamos de fijar en todo lo demás para fijarnos en nosotros y así acomodar todo lo que está mal y sacar cada sentimiento que esté demás, que no nos hace bien y no es necesario cargarlo. Nos desnudamos internamente y reconocemos hasta lo que no creíamos del todo saludable reconocer. Un estado de satisfacción, de goce, de armonía plena en nuestros adentros. En estos momentos surge una sonrisa infinita y si lloramos es sólo de alegría.